Anoche viniste a visitarme. Como las anteriores veces que lo habías hecho, hace ya unos cuantos años, te presentaste sin avisar.
Entraste en mi cuarto de repente y me despertaste como sólo tú sabes hacerlo. Los músculos se me agarrotaron e inmovilizaron y durante unos segundos que parecieron eternos luché por lograr despertarme contra una fuerza que creía desconocida. Instantes después descubrí que esa fuerza eras tú (como no podía ser de otra manera).
Cuando al fin logré hacerlo te descubrí, ahí estabas, jodida y preciosa como de costumbre. Y supe que el poder despertarme solamente había sido una victoria parcial.
Mis sentidos se transformaron. Empecé a escuchar muy fuerte. El aire golpeando las ventanas, un vaso que cae en la noche pero no se rompe... todo sonaba a un volumen al que mis oídos no estaban acostumbrados. Y a su vez, las cosas iban muy despacio. Demasiado despacio. Mis ojos no se atrevían a mirar hacia ningún lado por si veían alguna cosa que doliera demasiado. Al mismo tiempo estaban bien abiertos por si hubiera algún peligro.
Desconozco tus intenciones al venir pero simplemente tu presencia basta para trastocarlo todo. Una sombra que lo cubre todo de cenizas.
Afortunadamente, he aprendido a conocerme. Mejor incluso de lo que tú me conoces. Afortunadamente, los tiempos de dudas quedaron atrás y soy más fuerte cada día. Afortunadamente, logré vencerte y hoy sé que por mucho que lo intentes jamás volverás a entrar en mi vida.
Sé que me echarás de menos, yo también lo haré en el fondo. Tú, mi aprendizaje más bruto... en cierto modo, mi leitmotiv.
Adiós reina mía, espero no volver a verte jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario