viernes, 12 de mayo de 2017

La ciudad

La ciudad pasea al perro en chándal, 
sin reflexión ni arrepentimiento
cotidianamente hiriendo
con su indiferencia
las esperanzas de quien no tiene mañana.

Yo invento símbolos, 
inconscientemente,
 
en un acto reflejo,
para mitigar el hastío
que produce en mi mirada
tu desprecio.
Duele el vacío, 
larga es la espera y profunda la desazón.

Mientras suene la música
seguiré bailando con la boca perdida
y la mirada seca
 
tratando de sumergir en efectos secundarios
el recuerdo de tus besos,
tus besos clavándose en mi pupila dilatada.

martes, 24 de enero de 2017

Mi reflejo en tus ojos

Mi reflejo en tus ojos,
las manos trémulas,
volver a nacer,
reaprender a disfrutar.

Cuesta respirar.
Me muerdes,
te toco,
me tocas,
el vértigo, la humedad.
Irrefrenable.
Cuesta respirar.

Los pactos, la complicidad,
el miedo,
las manos trémulas,
cuesta respirar.

Retomar el poema,
bailar,
escribir en tu piel versos salvajes,
a veces tiernos,
hasta que se convierten en impulso.
Irrefrenable.
Cuesta respirar.

Mañana no existe si te oigo gemir.

domingo, 21 de agosto de 2016

Domingo gris

La ciudad se despereza mientras recorro
sus venas abiertas,
va volviendo a la vida sin hacer mucho ruido,
los viejos pasean y se sientan en los bancos,
las palomas revolotean a su alrededor,
un cielo gris esconde su tesoro
y mis pasos pesados sostienen el ritmo,
tu ritmo.

A lo lejos se intuye el rumor de tu risa
y es lo mejor que te puedes llevar a la boca
esta mañana de domingo.
No hay tubos con hielos
ni miel en los labios,
no hay gritos pre-púbers
ni guiris borrachas,
ni gente que traiga el cielo en bolsitas.

Ya nunca desayuno mirando tus ojos
y no nos maldice la vecina del quinto.
Mi piso despierta soñando tus besos,
descorre las cortinas y nunca te encuentra
y la desesperanza tiñe de gris este domingo
que empieza en mi baño.

martes, 29 de diciembre de 2015

Diciembre febril

La palabra diciembre
se me atraganta en el nudo que tengo,
donde mi voz se conecta con la pasión.

No sé si son los mocos sólo
o la forma de vivir.
Quizás se me fue la mano
con la marcha
que mi creatividad exigía.

Nombrar el último mes de cada año
me trae demasiados sabores,
todos amargos y antinaturales.

Será que mi olfato se había agudizado demasiado,
que metía mucho artificio en el fuego
de mis venas.

Mi sangre cociéndose en excesos.

Decir diciembre me trae a los labios
besos envenenados,
picaduras hacia dentro.

Cobarde, idealista o noble.

Sus ojos pedían que le mordiera la boca
mientras sus huesos exigían frenada en seco.

Los caballeros hacemos pactos
sin manos,
mirándonos a la cara,
y ella lo sabe.
Ese último impulso que frenó mi psique
fue el penúltimo acto de amor que le regalé.

Y al final, el mundo no se acabó.

Pero el equilibrio sí era imposible,
ella me lo enseñó.

No pienso seguir escudándome
en cada ojos en que busco su mirada.
Tu mirada.

Laura...
jodido nombre.

Cuando la vi llegar pensaba que era otro plantón,
a esa edad fui un especialista en esperar a chicas.

Ella también se retrasó.
A mis 27 sigo esperando un autobús que nunca llega.

Pero aquel día la vi de lejos,
era una hora tarde y mis nervios afloraban.
Tomé aire y decidí abrir un poco más el margen.

Entonces Laura se acercó a ese balcón.
No fue lo único capulesco en
aquella relación.
El veneno aún recorre mi piel y
todavía me despierto temblando algunas noches
desde que no me escuchas,
desde que no haces como si duermes para que yo sí pueda hacerlo.

Este es el mes de las cartas sin remite,
pero la magia que vino del sur de mi periferia
se terminó.

Se nos secó el polvo de Hadas, Annie.

Y mi hígado se fue encharcando noche a noche.
Por eso, hoy, diciembre ata en mi campanilla
un nudo que solamente tus besos sabían
disolver.

Entonces navegaba a la deriva,
¿recuerdas Laura?
El mundo fue nuestro.

Hoy envío mensajes en las botellas que no rompo.
La mujer que me entendía sin tener que explicarme
ya no es capaz de descodificar mi S.O.S.

Prefiero pensar eso,
nunca me gustó cuando fuiste cobarde, aunque sobraran motivos.

Así que si lo recibes
brinda por un año mejor para mí.

Yo siempre lo hago por ti,
por los viajes pendientes,
por la vida que ha perdido su dulzura
y por la lluvia que se fue y de la que ya no sé nada.

lunes, 22 de junio de 2015

Fue de noche

Fue de noche, eso seguro
ibas radiante
el rincón más oscuro de la ciudad nos acogía.

Fue de noche porque hacía tiempo que no nos veíamos de día.
Tu belleza me cegaba
ejercías, casi sin darte cuenta, ese poder de atracción
que siempre tuviste sobre mí.

El desgarro de tu blusa inició la acción
tus labios, carnosos, me buscaban
tus ojos me pedían que te llevara a
ese lugar al que sólo mi sexo sabía transportarte.
Mi boca se deslizaba de tu lóbulo a tu cuello
y mis dedos emprendían el camino que les llevaba a
su escondite favorito.

El pasillo ya quedaba atrás,
la habitación era nuestro patio de juegos
una pasión repentina te hacía empujarme contra
la puerta del armario.
Yo te quitaba el sostén con dos dedos
y mis ojos, bizcos, se perdían en
 tus pechos que mi boca mordía.

La ropa molestaba,
el aire entraba por la ventana intentando,
en vano,
refrescar el caldeado ambiente.
Tus besos bajaban
poco a poco
hasta encontrar el camino que marcaba mi ombligo.
Mis dedos regresaban a la cueva
y desde ahí te hacían volar.
Tus gemidos en mi oído me hacían
enloquecer
y el deseo de galoparte era ya irrefrenable.

Entonces, el vaivén.
Entonces, más placer.
Entonces, derretidos, sentíamos que
este
era el lugar del que nunca querríamos irnos.

viernes, 12 de junio de 2015

Me duele

Me duele.
Me duelen los ojos de llorarte,
me duele la retina de añorarte,
de buscarte en mis entrañas.

Me duelen los sentidos de buscar tu perfume,
tu sabor, tu piel, tus gemidos y el espejo de tus ojos.

Me duele la cabeza de lo de anoche,
me duele el hígado desde tu ausencia.

Afónico de gritar tu nombre
y no hallar más que silencio,
distancia y frío.

Me duelen las noches de rabia,
las mañanas de melancolía y las tardes inútiles.

Me duele, también, culparte de mis males.
Me duele la mirada perdida,
el tiempo en un rincón,
el piso vacío, el fondo del pasillo.

Me duele esa canción de recordarme a ti.
Me duele la inmovilidad sentimental,
la parálisis,
agua pasada, agua estancada, agua de lluvia.

Me duele que se seque mi tinta,
que se ahogue mi luz.

Me duele,
me dueles.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Quimet (segundo fragmento)

Esta noche hace demasiado calor para ser mediados de octubre y Margalida, que acaba de cenar, está fregando los pocos platos que usa a lo largo del día una persona que vive sola. En cuanto acaba se seca las manos y se sienta en el sofá. Enciende un cigarrillo y empieza a pensar en lo larga y cuesta arriba que se le está haciendo la vida desde que la banda sonora de esta no se compone de las risas y ocurrencias de su hijo. Antes, era feliz. Su marido le pegaba, la vida era una perra con ella que trabajaba diez horas diarias limpiando portales. Pero era feliz. Tenía a su lado al niño de sus ojos. El verdadero amor de su vida, un halo de luz que iluminaba su angosto camino, una vara en la que apoyarse y lo único que le aferraba a la vida.


Ahora Quimet ya no está aquí, hace dos años que marchó huyendo de un infierno, en busca de su propia vía de escape. Nunca podrá perdonarse haberse marchado dejando sola con un monstruo a su madre. No había día en que no se arrepintiera de haberlo hecho.