Esta noche hace demasiado calor para
ser mediados de octubre y Margalida, que acaba de cenar, está fregando los
pocos platos que usa a lo largo del día una persona que vive sola. En cuanto
acaba se seca las manos y se sienta en el sofá. Enciende un cigarrillo y
empieza a pensar en lo larga y cuesta arriba que se le está haciendo la vida
desde que la banda sonora de esta no se compone de las risas y ocurrencias de
su hijo. Antes, era feliz. Su marido le pegaba, la vida era una perra con ella
que trabajaba diez horas diarias limpiando portales. Pero era feliz. Tenía a su
lado al niño de sus ojos. El verdadero amor de su vida, un halo de luz que
iluminaba su angosto camino, una vara en la que apoyarse y lo único que le
aferraba a la vida.
Ahora Quimet ya no está aquí, hace
dos años que marchó huyendo de un infierno, en busca de su propia vía de
escape. Nunca podrá perdonarse haberse marchado dejando sola con un monstruo a
su madre. No había día en que no se arrepintiera de haberlo hecho.
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