Fue de noche, eso seguro
ibas radiante
el rincón más oscuro de la ciudad nos acogía.
Fue de noche porque hacía tiempo que no nos veíamos de
día.
Tu belleza me cegaba
ejercías, casi sin darte cuenta, ese poder de
atracción
que siempre tuviste sobre mí.
El desgarro de tu blusa inició la acción
tus labios, carnosos, me buscaban
tus ojos me pedían que te llevara a
ese lugar al que sólo mi sexo sabía transportarte.
Mi boca se deslizaba de tu lóbulo a tu cuello
y mis dedos emprendían el camino que les llevaba a
su escondite favorito.
El pasillo ya quedaba atrás,
la habitación era nuestro patio de juegos
una pasión repentina te hacía empujarme contra
la puerta del armario.
Yo te quitaba el sostén con dos dedos
y mis ojos, bizcos, se perdían en
tus pechos que
mi boca mordía.
La ropa molestaba,
el aire entraba por la ventana intentando,
en vano,
refrescar el caldeado ambiente.
Tus besos bajaban
poco a poco
hasta encontrar el camino que marcaba mi ombligo.
Mis dedos regresaban a la cueva
y desde ahí te hacían volar.
Tus gemidos en mi oído me hacían
enloquecer
y el deseo de galoparte era ya irrefrenable.
Entonces, el vaivén.
Entonces, más placer.
Entonces, derretidos, sentíamos que
este
era el
lugar del que nunca querríamos irnos.
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