Os
voy a contar un secreto: a veces envidio la cordura. La estabilidad, la
rectitud, las rutinas adecuadas, las costumbres sanas... todo en orden. La
ignorancia que te hace ser feliz, la inconsciencia que te hace inmune,
insensible. La frialdad de tus actos. La banalidad en tus conversaciones, que
te hace pasar por encima de cualquier asunto, sin mancharte con nada. Esa falsa
sensación que tienes de neutralidad y objetividad, ese hablar desde un púlpito,
desprendiendo superioridad en cada juicio de valor. Alinearte junto al poderoso,
señalar al diferente y no darte ni cuenta. Hacerlo porque es lo normal, porque
te enseñaron a actuar así y porque todo en tu vida es del color de la materia
que se aloja en tu sistema nervioso central. Gris rata, gris sucio, gris
decente, gris normal, gris cuerdo.
En
esos momentos, miro a mi alrededor y vuelvo a sentirme afortunado. Agradezco mi
sino, mi realidad, mi luz, mi cruz y mi enfermedad.
"Si
un día abriste los ojos nunca podrás
cerrarlos" me repito, me levanto del fondo de la oscuridad y salgo al
mundo a pelear por transformarlo. Mejorar no el mundo, sino la vida de las
personas que comparten viaje conmigo.
"La
última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo. Iba matando
canallas con su cañón de futuro".
PD:
Gracias a Asto Pituak y Silvio Rodríguez por cederme sus letras para esta
entrada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario