La tieta se sienta en el sofá del comedor
los pies en alto, tapada aunque sea el mes de agosto
la tele pega gritos y la tía mira pero no mira
oye pero no oye
está pero no está.
Se ha levantado a las 10, ha desayunado a
regañadientes
y, también a regañadientes, Marta la ha aseado.
La tieta se sienta y espera.
Quizás tenga suerte y alguien venga a visitarle.
Mientras tanto espera.
Mati se va al Corte Inglés a media mañana y Carmen se queda con Marta.
La tele sigue gritando, el reloj avanza lentamente, la
tieta pega una cabezadita con la boca abierta y le cae levemente la baba...
Se despierta aturdida
no sabe dónde está, ni por qué está tan sola
gira la cabeza de un lado al otro de la sala
pero sus ojos cansados no encuentran a nadie
así que la tía se vuelve a dormir.
Mati llega cerca de la hora de comer
la tía Carmen le pregunta que si ha visto a su hermano
la tía Mati no entiende que Carmen sólo está
desorientada
entonces le grita
y la tía, como tampoco entiende nada, le hace burla
y Mati llora y piensa que por qué le tiene que pasar
esto a ella.
La tía Carmen come triturado porque si no se le cae
todo
y no quiere más
ni quiere beber agua.
Después de comer vuelve al sofá,
se acuerda entonces de otros tiempos
otro días en que la casa se llenaba de gente
y la iaia Matilde hacía canelones
o carne empanada
y todos éramos felices.
Y la tarde que parece que no pasa
y yo que paso por ahí y llamo al timbre
y subo y me siento al lado de la tía Carmen.
Y ella me confunde con mi padre
o con mi primo, pero yo sé que es sólo un lío de
nombres
porque nos miramos a los ojos y yo siento que la vida
nos ha dado otra oportunidad
que mientras la tía esté aquí aunque no quiera estar
pues al menos que esté con nosotros.
Y hablamos, pero nos cuesta entendernos.
La tía Mati se pone nerviosa porque la tía Carmen se
hace líos
y me dice que se está portando mal, que no come, que
no quiere que Marta la ayude
y yo le riño, pero poco porque bastante tiene ella
y me voy porque me tengo que ir, pero con miedo.
Temo cada vez que sea la última
y cuando me alejo a veces se me escapa una lagrimilla
porque mis ojos están intentando retener cada arruga
de la piel de mi tía
para que nunca se me olvide todo lo que ella me ha
enseñado y que hoy sólo transmite a través de los poros.
Por eso extiendo mi brazo para que me haga cosquillas
y ella lo hace con cuidado porque ha olvidado todo
menos la delicadeza con la que siempre nos ha tratado.
Y llego a casa y al poco suena el teléfono
y es mi tía, pero llamaba a casa de mi hermana y se ha
confundido
y ya que está, aprovecha para preguntar por mis padres
y se tienen que poner
y ella les envía besos por el hilo telefónico
y mañana volverá a hacerlo, afortunadamente
o gracias al dios en el que ella cree y al que yo no
entiendo
y del que pienso que no es todopoderoso por permitir
que mi tía envejezca tan mal
y que la vida se porte así con quien sólo ha sabido
dar bondad a lo largo de más de 90 años.
La tieta sigue sentada, sigue esperando y su mundo
cada vez es más pequeño,
y el aire no se renueva porque no deja que abran las
ventanas para que no entre corriente y la casa cada vez agobia más
y ella no sabe si estamos en verano o en invierno
pero a ella le da igual ya.
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