Son las 6 de la mañana y el frío es
casi insoportable en Irún. Queda media hora para acabar su turno en la
gasolinera y Quimet se prepara un café para entrar en calor. El café de
gasolinera tiene otro sabor, ni mejor ni peor, simplemente distinto. En su
acelerada cabeza Quimet sueña con escapar de la rutina, traza planes
imposibles, dibuja mundos mejores.
El mundo va mucho más despacio que
su cabeza. Las ideas se amontonan y se pelean por salir de ella. La puerta es
muy pequeña y están todas intentando escapar, por lo que hay un importante
colapso en la mente de Quimet. El aire cada vez está más viciado y los
pensamientos ya no caben. Tan rápido como unos nacen, otros mueren asfixiados.
Quimet ha pensado muchas veces en volarse la tapa de los sesos y liberar todas
esas ideas.
Despierta jodido, pasa la tarde y
vuelve a la gasolinera. Horas muertas, esperando que pase algo. Alguna
muchacha, cuyos ojos verdes le pidan a gritos que escapen juntos de allí. Pero
nada, otra noche se sucede, otro café de gasolinera que ni siquiera se derrama,
otra mañana durmiendo, y otra tarde de tedio en una rueda que en su aburrido
girar sin sentido pero sí con dirección, avanzando uniformemente hacia la
destrucción, no encuentra ninguna piedra que la descarrile.
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